Tecnología

El restaurante no tiene un problema de datos. Tiene un problema para saber qué hacer con ellos

TPV, reservas, escandallos, compras y clientes producen más información que nunca. Sin embargo, acumular datos no significa dirigir mejor. La próxima transformación de la restauración será conseguir que la tecnología deje de mostrar información y empiece a señalar qué merece la atención del gestor.

Por Redacción GastroLab · ·17 min de lectura
El restaurante no tiene un problema de datos. Tiene un problema para saber qué hacer con ellos

A las once y media de la noche, cuando el último cliente abandona el restaurante y la intensidad del servicio empieza a desaparecer, el responsable puede saber con bastante precisión cuánto ha vendido. El TPV mostrará la facturación, el número de tickets, los medios de pago y probablemente el ticket medio. Si dispone de un sistema algo más desarrollado podrá consultar ventas por producto, familias, camareros o franjas horarias. En otro programa encontrará las reservas. En una hoja de cálculo estarán los escandallos. Las facturas de proveedores contendrán los últimos precios de compra y quizá otra aplicación almacene información de clientes.

Nunca habíamos tenido tantos datos sobre un restaurante.

Y, sin embargo, una de las preguntas más importantes continúa siendo sorprendentemente difícil de responder:

¿Qué debería hacer mañana de manera diferente?

Esa distancia entre información y decisión se está convirtiendo en uno de los grandes problemas de la digitalización hostelera. Durante años hemos entendido que modernizar un restaurante consistía en sustituir procesos analógicos por herramientas digitales. Cambiamos el libro de reservas por una aplicación, la caja registradora por un TPV, los escandallos en papel por hojas de cálculo y la carta impresa por soportes digitales.

El resultado ha sido una enorme capacidad para registrar lo que ocurre.

Pero registrar no es necesariamente comprender.

Un restaurante puede disponer de veinte gráficos sobre sus ventas y seguir sin saber por qué está ganando menos dinero. Puede conocer perfectamente su ticket medio y desconocer que sus clientes habituales están reduciendo frecuencia. Puede tener todos sus escandallos calculados y no advertir que los precios de compra utilizados pertenecen a hace cuatro meses.

La siguiente etapa de la transformación digital de la restauración no debería consistir en producir todavía más información.

Debería consistir en conseguir que toda esa información empiece finalmente a ayudarnos a decidir.

De la intuición al dato, y del dato otra vez al criterio

Durante décadas los restaurantes se dirigieron fundamentalmente mediante experiencia e intuición. El propietario sabía que los martes eran flojos, que determinada mesa rotaba peor, que un plato funcionaba extraordinariamente bien y que otro apenas salía. Conocía a sus clientes habituales y podía detectar un cambio de comportamiento sin necesidad de consultar ningún informe.

No deberíamos despreciar ese conocimiento. Al contrario. Una parte importante de la buena dirección gastronómica continúa dependiendo de comprender cosas que un número difícilmente puede explicar por sí solo.

El problema de la intuición aparece cuando intentamos convertir percepciones en certezas.

“Este plato se vende muchísimo.”

¿Comparado con cuál?

“Los jueves hemos bajado.”

¿Desde cuándo?

“Este proveedor está subiendo mucho.”

¿Cuánto y en qué productos?

“Estamos trabajando más y ganando menos.”

¿Dónde se está deteriorando el margen?

La digitalización permitió empezar a responder esas preguntas mediante datos. Fue un avance enorme. Pero hemos cometido el error de pensar que cuanto mayor fuese la cantidad de información disponible, mejores serían automáticamente las decisiones.

No funciona así.

La información tiene valor cuando reduce incertidumbre. Cuando simplemente aumenta el número de cosas que debemos mirar, puede conseguir exactamente lo contrario.

Pensemos en un responsable que abre cada mañana un panel con cuarenta indicadores. Ventas, ticket medio, número de clientes, productos, categorías, horas, costes, reservas, ocupación y comparativas.

Puede observarlo durante quince minutos y terminar exactamente igual que empezó.

Porque ninguno de esos datos le ha dicho qué merece realmente su atención.

La dirección no necesita conocer continuamente todo lo que ocurre. Necesita detectar aquello que ha cambiado suficientemente como para justificar una decisión.

Ahí aparece una diferencia fundamental entre un sistema que informa y un sistema que ayuda a dirigir.

Un dato aislado puede contar una historia equivocada

Imaginemos que el ticket medio de un restaurante ha pasado de 31 a 34 euros.

La lectura inmediata es positiva. Cada operación genera aproximadamente un 9,7% más de ingresos.

Pero supongamos ahora que el número de visitas de los clientes recurrentes ha disminuido un 12%.

La interpretación cambia.

Quizá estamos consiguiendo que cada visita sea más valiosa, pero tenemos menos visitas.

Añadamos otra variable. Los precios de determinadas materias primas han aumentado y el margen medio por ticket se ha reducido.

La historia vuelve a cambiar.

Podemos seguir incorporando información: duración de mesas, coste laboral, ocupación, mix de productos.

Ningún dato anterior era falso.

Simplemente era incompleto.

Este es uno de los problemas centrales de la gestión gastronómica. El restaurante es un sistema donde prácticamente todo está relacionado.

Modificar un precio puede cambiar demanda.

Cambiar demanda modifica ocupación.

La ocupación condiciona productividad.

El mix de productos modifica food cost.

Las reservas condicionan utilización de mesas.

La duración afecta capacidad.

La capacidad afecta RevPASH.

Y todo termina apareciendo en la rentabilidad.

Por eso resulta peligroso gestionar mediante indicadores independientes.

No necesitamos solamente conocer el food cost. Necesitamos saber qué productos lo están modificando y cuánto vendemos de ellos.

No necesitamos únicamente saber que las ventas han bajado. Necesitamos comprender si ha disminuido tráfico, ticket, frecuencia o capacidad.

El valor empieza a aparecer cuando relacionamos datos.

El restaurante genera información en lugares que no se hablan

Este problema tiene además una dimensión tecnológica.

El TPV sabe qué vendemos.

El programa de reservas sabe quién viene y cuándo.

Las facturas saben cuánto pagamos.

Los escandallos saben cuánto debería costar cada elaboración.

El CRM puede saber quién vuelve.

El sistema de horarios sabe cuántas horas de trabajo utilizamos.

Cada herramienta puede funcionar perfectamente y, aun así, el restaurante continuar teniendo una visión fragmentada de sí mismo.

Para responder una pregunta económica necesitamos entonces actuar como puente entre sistemas.

Exportamos un CSV.

Abrimos Excel.

Buscamos otra información.

Copiamos.

Comparamos.

Calculamos.

Esto explica una paradoja bastante frecuente: establecimientos con una gran cantidad de tecnología donde el propietario sigue realizando muchísimo trabajo manual.

No les falta digitalización.

Les falta integración.

La verdadera evolución debería conseguir que el dato viaje desde el lugar donde nace hasta el lugar donde adquiere significado sin necesitar continuamente una persona transportándolo.

Una venta registrada en el TPV debería poder relacionarse con el coste teórico del producto. Un cambio de precio de compra debería permitir conocer qué elaboraciones están afectadas. Una reserva debería contribuir al análisis de ocupación y capacidad. La información de clientes, cuando exista y pueda utilizarse legalmente, debería permitir comprender recurrencia.

Solo entonces empezamos a construir una imagen económica coherente del restaurante.

La inteligencia artificial puede cambiar la pregunta

Aquí es donde la inteligencia artificial empieza a ofrecer una posibilidad mucho más interesante que generar textos o imágenes.

Los sistemas tradicionales esperan que el usuario sepa qué informe necesita.

Tenemos que entrar en ventas, seleccionar fechas, elegir filtros y buscar una anomalía.

Pero ¿qué ocurre si el responsable ni siquiera sabe dónde está el problema?

La IA permite imaginar otra relación con la información.

En lugar de navegar por quince informes podríamos preguntar:

“¿Por qué he ganado menos este mes si he facturado más?”

Responder correctamente a esa pregunta no consiste en generar una frase convincente. Requiere relacionar información real del negocio.

El sistema podría detectar que las ventas han aumentado un 6%, pero que determinados productos de gran volumen han perdido margen por incremento de costes. Podría observar simultáneamente un aumento de horas de personal en determinadas franjas y señalar que ambas variables explican buena parte del deterioro.

Entonces la inteligencia artificial deja de ser un elemento decorativo.

Se convierte en una interfaz entre el gestor y sus propios datos.

Pero aquí necesitamos establecer una frontera muy clara.

Una IA que no dispone de información fiable puede producir una explicación aparentemente inteligente y completamente inútil.

La calidad de la respuesta depende de la calidad del dato.

Si los escandallos están desactualizados, analizará costes equivocados. Si las ventas no están correctamente clasificadas, extraerá conclusiones deficientes. Si faltan inventarios, no podrá explicar determinadas desviaciones.

La inteligencia artificial no elimina la disciplina de gestión.

La hace todavía más necesaria.

El futuro no debería ser un dashboard más grande

Durante años la evolución del software empresarial parecía medirse por la cantidad de información que podía mostrar.

Más gráficos.

Más filtros.

Más indicadores.

Más tablas.

Pero un hostelero no debería necesitar convertirse en analista de datos para dirigir correctamente un restaurante.

Probablemente deberíamos avanzar en la dirección contraria.

Menos información visible.

Más información relevante.

Imaginemos que un responsable abre el sistema un lunes por la mañana y, en lugar de encontrar cuarenta gráficos, encuentra tres cuestiones.

“Tus ventas han aumentado un 4,8%, pero el margen de contribución ha bajado.”

“El coste de cinco ingredientes ha cambiado de forma relevante y afecta a ocho elaboraciones.”

“Los martes entre las 20:00 y las 21:30 estás utilizando sistemáticamente menos del 40% de tu capacidad.”

Eso sí merece atención.

Después podemos profundizar.

Pero la tecnología ya ha realizado el primer trabajo: separar ruido de señal.

Este principio se utiliza desde hace décadas en otros ámbitos de gestión. Trabajar por excepción significa que mientras una variable permanece dentro de los límites esperados no necesita consumir continuamente nuestra atención.

El sistema interviene cuando algo se desvía.

Para un pequeño restaurante esto puede ser especialmente valioso porque el director suele ser simultáneamente propietario, responsable de compras, gestor de personal y, muchas veces, parte activa de la operación.

Su problema no es la falta de información.

Es la falta de tiempo para analizarla.

El dato no debería tomar la decisión

Existe el riesgo de llevar esta lógica demasiado lejos.

Si el sistema sabe tanto, ¿por qué no permitir que decida?

Porque una decisión empresarial contiene información que difícilmente puede reducirse completamente a números.

Imaginemos que un plato pierde margen.

El software puede detectarlo con precisión.

Puede indicar cuánto ha aumentado el coste, qué ingrediente lo provoca, cuántas unidades vendemos y cuál es la contribución actual.

Incluso puede simular qué ocurriría si aumentáramos el precio.

Pero no conoce necesariamente toda la función gastronómica del plato.

Quizá es emblemático.

Quizá atrae clientes.

Quizá genera ventas adicionales de bebidas.

Quizá el chef considera que modificarlo perjudicaría la propuesta.

Quizá la competencia acaba de subir precios y existe margen comercial para hacerlo también.

Esas variables necesitan criterio.

La tecnología debería llevarnos hasta el punto donde empieza la decisión humana.

No sustituirla.

Esta idea resulta especialmente importante ahora que la inteligencia artificial puede generar respuestas con enorme seguridad aparente. Un sistema que recomienda algo no convierte automáticamente esa recomendación en correcta.

El director debe continuar preguntando por qué.

Y una buena herramienta debería ser capaz de mostrarlo.

Del informe mensual a la gestión continua

Existe otro cambio importante.

Tradicionalmente buena parte del análisis económico llegaba tarde.

Cerramos el mes.

Recibimos información contable.

Analizamos.

Descubrimos que determinados costes se han deteriorado.

Pero cuando lo descubrimos ya hemos vendido cientos de platos bajo esas condiciones.

La tecnología permite reducir esa distancia.

No necesitamos esperar al cierre para saber que una materia prima ha cambiado de precio.

La factura ya lo sabe.

No necesitamos esperar treinta días para descubrir que una franja está perdiendo ocupación.

Las ventas y reservas ya lo muestran.

No necesitamos esperar al trimestre para detectar que determinado producto está perdiendo popularidad.

El TPV registra cada unidad.

Esto no significa dirigir obsesivamente el restaurante cada hora.

Sería absurdo.

Significa que podemos detectar antes las desviaciones importantes.

La velocidad de información tiene valor porque amplía el tiempo disponible para actuar.

Un problema detectado en una semana ofrece muchas más opciones que el mismo problema descubierto tres meses después.

Dirigir mejor no significa mirar más números

Después de varios años de digitalización, quizá estamos llegando a una conclusión incómoda.

El restaurante no necesita necesariamente más tecnología.

Necesita que la tecnología que ya utiliza trabaje mejor.

Necesita que las ventas no terminen simplemente almacenadas.

Que los precios de compra no permanezcan encerrados en facturas.

Que las reservas no sean únicamente nombres en un calendario.

Que los escandallos no sean fotografías del día en que fueron creados.

Y que el propietario no tenga que actuar como integrador humano de toda esa información.

La transformación importante ocurre cuando esas piezas empiezan a relacionarse.

Entonces podemos pasar de saber cuánto hemos vendido a entender cómo lo hemos vendido.

De conocer cuánto hemos comprado a comprender qué efecto tiene sobre nuestros márgenes.

De registrar reservas a analizar capacidad.

De almacenar clientes a entender recurrencia.

Y finalmente de acumular datos a utilizarlos para decidir.

Reflexión final: el dato solamente tiene valor cuando cambia una decisión

Un restaurante puede instalar el TPV más avanzado, digitalizar reservas, automatizar escandallos y construir un magnífico cuadro de mando.

Y continuar dirigiendo exactamente igual que antes.

Eso ocurre cuando la tecnología se limita a describir.

La pregunta que deberíamos hacer ante cualquier dato es mucho más exigente:

¿Qué decisión puede mejorar gracias a saber esto?

Si la respuesta es ninguna, quizá ese dato no merece ocupar nuestra atención.

La restauración de los próximos años probablemente generará todavía más información. Inteligencia artificial, sistemas conectados, sensores, pagos, reservas y canales digitales ampliarán todavía más la huella de cada operación.

El reto no será almacenarla.

Será conseguir que el propietario pueda seguir dirigiendo sin ahogarse dentro de ella.

Quizá por eso el software más avanzado no será aquel que muestre cien indicadores.

Será el que tenga suficiente inteligencia para enseñarnos solamente los tres que hoy deberían preocuparnos.

Después deberá ocurrir algo que ninguna tecnología debería intentar eliminar.

Alguien tendrá que pensar.

Porque dirigir un restaurante nunca ha consistido simplemente en conocer los números.

Consiste en comprender qué significan y decidir qué hacer después.

Y esa última parte continúa siendo, probablemente, la más importante de todas.


Preguntas frecuentes

¿Qué datos debería analizar un restaurante? Depende del modelo, pero ventas, margen, food cost, coste laboral, mix de productos, ocupación, ticket medio, capacidad y recurrencia permiten construir una visión mucho más completa que la facturación aislada.

¿Qué diferencia existe entre tener datos y utilizarlos para gestionar? Tener datos permite describir qué ha ocurrido. Gestionarlos implica relacionarlos, detectar desviaciones, comprender sus causas y utilizarlos para tomar decisiones.

¿Puede la inteligencia artificial analizar un restaurante? Puede ayudar a identificar patrones, relacionar información y facilitar consultas, siempre que trabaje sobre datos fiables y correctamente estructurados. Sus conclusiones deben seguir sometidas al criterio del responsable.

¿Qué es la gestión por excepción? Consiste en concentrar la atención en variables que se desvían de determinados niveles esperados, evitando revisar constantemente información que permanece dentro de la normalidad.

¿Por qué es importante integrar TPV, costes y reservas? Porque cada sistema describe una parte diferente del negocio. Relacionarlos permite analizar ventas junto a costes, capacidad, demanda y comportamiento del cliente.

Autor
Jordi Rosell Salvó, es profesor universitario, consultor gastronómico y CEO de Formahostel. Desde hace más de 25 años investiga la gestión económica y operativa de restaurantes, desarrollando el Método Jordi Rosell®, un modelo que integra dirección, tecnología y rentabilidad para ayudar a los empresarios a tomar mejores decisiones.