Tecnología

El restaurante que compra software para no usarlo

La hostelería vive una época de abundancia tecnológica. Nunca había existido tanta oferta de software, tantas herramientas de análisis ni tantas promesas de eficiencia. Sin embargo, detrás de muchas pantallas encendidas continúa existiendo una realidad menos visible: restaurantes que acumulan información sin llegar a convertirla en decisiones. Y quizá esa contradicción explique más cosas de las que parece.

Por Jordi Rosell Salvó · ·9 min de lectura
El restaurante que compra software para no usarlo

Hay una pregunta que rara vez aparece en las demostraciones comerciales de software para hostelería.

¿Qué ocurre después de la compra?

La industria tecnológica suele concentrarse en el momento previo. En las funcionalidades. En las integraciones. En los cuadros de mando. En la capacidad de automatizar procesos o generar informes. Es lógico. Forma parte de la venta.

Sin embargo, la vida real de un restaurante empieza precisamente cuando termina la demostración.

Es entonces cuando la herramienta abandona el entorno controlado de la presentación y entra en contacto con la realidad. Con el servicio del mediodía. Con la llamada de un proveedor que llega tarde. Con la baja inesperada de un camarero. Con una cocina saturada un sábado por la noche. Con una factura pendiente. Con un extractor averiado.

En definitiva, con la hostelería.

Y es en ese punto donde comienza un fenómeno que, con los años, he visto repetirse con más frecuencia de la que cabría imaginar.

Restaurantes que compran software convencidos de que están resolviendo un problema y que, meses después, apenas utilizan una pequeña parte de aquello que adquirieron.

No se trata necesariamente de una mala elección.

Tampoco de una herramienta deficiente.

En muchos casos hablamos de productos técnicamente excelentes.

La cuestión es otra.

La cuestión es que existe una enorme diferencia entre adquirir una solución y conseguir incorporarla a la dinámica diaria de un negocio.

La hostelería siempre ha mantenido una relación peculiar con la tecnología. A diferencia de otros sectores, donde determinadas tareas pueden detenerse para analizar información, el restaurante opera permanentemente bajo presión.

La jornada rara vez concede pausas.

Las decisiones se encadenan unas a otras.

Los problemas aparecen sin previo aviso.

Y las prioridades cambian varias veces a lo largo del día.

Por eso resulta tan habitual encontrar empresarios que conocen perfectamente la existencia de determinados informes, análisis o indicadores, pero que llevan semanas sin abrirlos.

No porque no les interesen.

Sino porque la urgencia suele imponerse a la importancia.

Stephen Covey popularizó hace décadas la diferencia entre ambas dimensiones. Lo urgente reclama atención inmediata. Lo importante construye el futuro.

La hostelería vive atrapada entre las dos.

Y pocas actividades generan más urgencias diarias que un restaurante.

Quizá por eso algunas de las promesas habituales de la digitalización merecen ser observadas con cierta cautela.

Durante años hemos escuchado que disponer de más información conduciría a una gestión más eficiente. La lógica parecía impecable. Si conocemos mejor nuestro negocio, tomaremos mejores decisiones.

Sin embargo, la experiencia demuestra que el proceso es bastante más complejo.

Conocer no implica actuar.

Y actuar continúa siendo el verdadero desafío.

He visto restaurantes capaces de identificar con precisión cuáles eran los platos menos rentables de su carta sin que esa información provocara ningún cambio durante meses.

He visto negocios que conocían perfectamente sus desviaciones de coste y seguían trabajando exactamente igual.

He visto cuadros de mando extraordinariamente sofisticados utilizados únicamente para comprobar la facturación semanal.

Y también he visto pequeñas empresas con herramientas mucho más sencillas que obtenían resultados excelentes gracias a una disciplina constante de revisión y mejora.

La diferencia rara vez estaba en la tecnología.

La diferencia estaba en los hábitos.

Resulta una conclusión poco espectacular para una época fascinada por la innovación, pero profundamente relevante para comprender lo que ocurre en muchos negocios.

Porque el software puede facilitar decisiones.

Puede acelerar procesos.

Puede organizar información.

Puede detectar patrones invisibles.

Lo que no puede hacer es sustituir el compromiso de gestionar.

Y quizá ahí resida una de las grandes verdades incómodas de la hostelería actual.

En ocasiones se compra software esperando una transformación que en realidad depende de comportamientos mucho más humanos que tecnológicos.

Se espera que la herramienta genere orden donde no existen rutinas.

Que produzca análisis donde no existe tiempo.

Que impulse decisiones donde todavía no existe una cultura de gestión basada en datos.

La decepción suele llegar cuando descubrimos que ninguna plataforma, por avanzada que sea, puede resolver por sí sola cuestiones que pertenecen al ámbito de la organización y del liderazgo.

Esto no significa que la tecnología no aporte valor.

Al contrario.

Probablemente nunca había sido tan necesaria.

Los costes son más volátiles que hace una década.

Los márgenes exigen mayor precisión.

La competencia es más intensa.

Y el cliente se comporta de forma cada vez más cambiante.

Gestionar sin información resulta hoy mucho más arriesgado que en el pasado.

Pero disponer de información tampoco garantiza nada.

Ese es precisamente el matiz que suele perderse en muchas conversaciones sobre digitalización.

Entre tener datos y utilizar datos existe una distancia considerable.

Y es en ese espacio donde fracasan o triunfan muchas inversiones tecnológicas.

Quizá por eso el debate relevante para los próximos años no debería centrarse únicamente en qué software utilizan los restaurantes.

La cuestión verdaderamente interesante es cómo consiguen integrar esas herramientas en su forma de trabajar.

Porque la tecnología seguirá evolucionando.

Los sistemas serán más rápidos.

Más inteligentes.

Más predictivos.

Más automatizados.

Sin embargo, la pregunta esencial continuará siendo la misma.

¿Qué hacemos con la información una vez la tenemos delante?

La respuesta, como ocurre con frecuencia en hostelería, probablemente tenga menos que ver con las máquinas de lo que nos gustaría admitir.

Y bastante más con las personas.

Por Jordi Rosell Salvó, profesor Grado Gastronomía CEU y Consultor Gastronómico